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Posts Tagged ‘religión’

CS010204La figura de Charles Darwin despierta verdadera animadversión dentro de muchos círculos religiosos. Quizá, a primera vista, una persona pueda preguntarse el porqué de este odio a un naturalista que lo único que hizo fue contribuir notablemente al avance de nuestro conocimiento del mundo viviente, odio que no se expresa ante figuras como Lamarck, Einstein o Hawkings.

En el caso del fundamentalismo religioso, Darwin es prácticamente demonizado y descrito como un ser malvado responsable de los males de nuestra época, ya fuera por su propia mano o por la de sus “seguidores”, identificados poco menos que de sectarios satánicos al servicio del ateismo.

En otros círculos de supuesto “antidarwinismo científico”, a pesar de hablar de “nuevos paradigmas en la biología” y “teorías alternativas silenciadas por el establismen neodarwinista”, surge de nuevo, tras leer unas pocas líneas, ese mismo odio visceral a la figura de Darwin.

¿Que tiene Darwin que no tengan Copérnico o Hawkings? ¿A que tanto odio no sólo a la teoría, sino a la persona? ¿Fue porque dijo que el hombre descendía del mono? En parte sí, aunque el asunto es algo más complejo.

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En esta serie se reunen temas pseudocientíficos, mitológicos y alternativos sobre los que nuestros lectores han realizado críticas racionales que inducen a dudar de su veracidad. Seguir leyendo en La ciencia y sus demonios.

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neuralgodComentaba hace poco lo absurdo de pretender abordar la existencia o inexistencia de un dios sobrenatural y todopoderoso con las herramientas que nos proporciona la ciencia. Sin continuar con ese debate, lo que sí resulta evidente es que la religión (en sentido amplio) aparece en prácticamente todas las sociedades humanas.

Podríamos preguntarnos sobre estacoincidencia en términos biológicos: ¿se trata de un caracter surgido en los primeros homínidos y transmitido en la expansión de nuestra especie a partir de su cuna africana o, por el contrario estamos ante un caso de convergencia, en el que la misma característica a surgido de forma independiente en los distintos grupos humanos?

Las grandes diferencias entre la gran cantidad de religiones existentes apuntan más hacia la segunda opción, aunque tampoco podemos descartar el origen común definitivamente. La explicación religiosa islámico-judeo-cristiana de la “revelación” no explicaría tampoco porqué aquellos grupos humanos que no siguen estas tres religiones también presentan el fenómeno religioso.

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Parece totalmente desmesurada la cantidad de discusiones que giran en torno a “pruebas” de la existencia o inexistencia de un dios sobrenatural. Sin embargo, este es un asunto que no puede ser abordado desde un punto de vista racional y mucho menos científico.

Dios cae fuera del campo de estudio de cualquier ciencia, por mucho que algunos institutos y centros religiosos se empeñen en denominarse “Centro X de Ciencias Religiosas”. No es que en ciencia un dios no pueda ser aceptado, el concepto es diferente: no puede ser abordado. Es decir, racional y experimentalmente, no podemos demostrar de ninguna manera ni la existencia ni la inexistencia de un dios sobrenatural.

El motivo es de puro método. Cualquier disciplina científica se basa -siendo muy reduccionista- en establecer hipótesis sobre hechos observados. Estas hipótesis tienen que poder ser comprobadas o rechazadas mediante algún tipo de experimento u observación inequívoca. Y aquí entra la lógica: no podemos establecer una hipótesis ambígua, debe poderse contrastar.

Pongamos un ejemplo: la hipótesis “El Homo sapiens surgió hace 250.000 años en África”, puede ser invalidada si se encuentra un fósil humano de una fecha anterior fuera del continente africano. Por el contrario, la hipótesis “El Homo sapiens habitaba América del sur hace 15.000 años” puede ser comprobada mediante el hallazgo de restos humanos de esa antigüedad. Aún sin una prueba definitiva, si pasa el tiempo sin encontrar fósiles de más de 250.000 años en ningún lugar del planeta o de 15.000 en América del sur, la primera hipótesis va tomando fuerza mientras que la segunda la va perdiendo. En este último caso, la validación de otras hipótesis relacionadas, por ejemplo “habrá un mayor número de especies de homínidos primitivas en África que en Europa o Asia”, contribuirán a dar aún más peso. Progresando en este camino, podremos llegar a esteblecer toda una teoría sobre el origen de la humanidad, en la cual se irán aceptando inequívocamente (y por lo tanto convirtiéndose en hechos) o rechazando las distintas hipótesis que la forman, las cualesirán modificando a su vez la teoría general.

Sin embargo, la hipótesis “Una nave extraterrestre estuvo en la órbita de Júpiter en el siglo XII pero desapareció sin dejar rastro” no puede ser ni confirmada ni rechazada de ninguna manera, por lo que no podemos trabajar con ella mediante un método experimental. No podemos darle mayor o menor peso por mucho tiempo que pase, ni podemos apoyarla o recelar por medio de hipótesis relacionadas. Así pues, podemos abordar científicamente el estudio del origen del hombre, pero no de la existencia de una nave espacial en la órbita de Júpiter durante el siglo XII.

Desprendiéndose de todo esto, no podemos mezclar cosas demostradas o rechazadas mediante el método experimental con otro tipo de metología. A nadie se le ocurriría decir “la velocidad de la luz no es de 300.000 km/s porque a mí no me gusta el número 3, yo creo que es 5000.000 km/s, porque el 5 es mi número favorito”. Cualquier persona se reiría con ganas de tal argumento, pero por el contrario, no todas lo hacen cuando el objeto no es un número, sino una creencia sobrenatural.

Y esto último es lo que ocurre con la supuesta existencia de un dios. No podemos establecer ninguna hipóteis que pueda ser comprobada o rechazada, ni siquiera que vaya adquiriendo fuerza con la no validación a través de los años o de otras colaterales. Por lógica consecuencia, no podemos utilizar un argumento no científico como éste para invalidar otro contrastado experimentalmente. Frases como “la evolución no existe porque mi dios lo dice” resultan totalmente absurdas e irracionales, y llevan a situaciones tan esperpénticas como negar los métodos de datación, la existencia de fósiles de homínidos o la producción de mutaciones beneficiosas.

Aunque claro, puedo equivocado y esta humilde opinión ser invalidada:  ¿a alquien se le ocurre una hipótesis o serie de hipótesis contrastables que puedan probar o rechazar categóricamente la existencia de un dios sobrenatural? Eso destrozaría todo mi argumento.

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Pelea de monosNumerosos autores han estudiado a lo largo de la historia la recurrente necesidad humana de identificarse con una comunidad o colectivo. Complicado con el deseo de adquirir un estatus de respetabilidad y admiración dentro de ellos, esta característica parece estar impresa si no en nuestros genes, al menos en todo tipo de civilización.

Las formas que adopta este comportamiento pueden ser muy variadas: desde lo que podríamos denominar más habitual, como identificarse con una religión, un lugar geográfico, un equipo deportivo, un partido político o un grupo de música, hasta los casos más extremos, tales como la pertenencia a sociedades secretas, sectas y asociaciones con fines más dudosos.

¿Y que puede tener en común ser un budista ferviente o un socio fanático del Real Madrid? Pues parece ser que muchas cosas. Además, examinada esta característica (etólógica, al fin y al cabo) a la luz de la biología evolutiva, aparecen interesantes posibilidades de explicar el origen de cualquier tipo de fanatismo, sea leve y considerado como normal por la sociedad o extremo y calificado poco menos que de patología.

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319_evolutionEstamos acostumbrados a que la evolución biológica, un hecho comprobado y aceptado unánimemente por la comunidad científica internacional, represente un problema de fé para ciertas ramas cristianas que creen en el literalismo bíblico. De esta forma, convierten a la geología, a la biología y a la física en “enemigos” de su fe y rechazan cualquier evidencia científica que contradiga su particular y mitológica visión de la historia del planeta.

Sin embargo, otras religiones no escapan a este dilema entre fe y conocimiento. El Islam también alberga un conflicto con respecto a la evolución biológica, ya que mientras muchos musulmanes no ven ningún problemaentre ésta y su fe, otros la rechazan de pleno.

Lo mismo ocurre con la enseñanza: la evolución forma parte de la programación de ciencias de los institutos en muchos países islámicos, ocupando un lugar destacado en los libros de texto.

Frente a ésto, posturas fundamentalistas como las del famoso creacionista turco Adnan Oktar, no solo rechazan totalmente cualquier hecho evolutivo, sino que acusan a los “evolucionistas” de ser los culpables de los males del mundo, incluyendo las violaciones y el terrorismo.

Todo esto viene a cuento por la celebración de un curioso congreso en Canadá, sobre el Islam y la Evolución. Según los organizadores, el Evolution Education Research Center de la Universidad McGill de ese pais, el objetivo es conocer como es enseñada y entendida la evolución en las sociedades islámicas en relación con sus creencias religiosas.

Los primeros resultados, coincidentes en que existe un amplio espectro de puntos de vista que van desde el rechazo total a la aceptación total de la evolución, pueden consultarse en la web del encuentro.

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Existen dos tipos de razones por las que una persona suele aceptar o rechazar una teoría científica: la primera, dentro del campo de la ciencia, es el número de evidencias y pruebas a su favor, enfrentadas a las pruebas o evidencias en contra. La segunda razón, mucho más irracional e impulsiva, es lo que nos gusta o disgusta lo que formula la teoría.

Cabría pensar que un científico siempre tiende a utilizar el primer criterio, mientras que una persona sin formación cientrífico-técnica empleará preferentemente por la segunda. Sin embargo, no siempre es así. He conocido gente sin ningún tipo de estudios que le convenciía más la explicación astronómica de un cometa que la de una simple “luz en el cielo”, únicamente por su constatación empírica de que la luminaria parecía estar cada vez más cerca. Y también he conocido personas de ciencia que se negaban a considerar determinadas hipótesis o teorías por ser «racistas» o cualquier otro descalificativo sociológico.

Y hasta cierto punto, ambas posturas son comprensibles. La primera proviene de la curiosidad, de esa pretensión -pienso que innata- de intentar comprender lo que observamos a nuestro alrededor. La segunda, también presente en todos nosotros, se origina en la intención de pintar la realidad que más nos agrada, de transformar el mundo en un sitio más confortable aunque sea únicamente en nuestra imaginación.

Eticamente hablando, quizá no sea reprobable ninguna de las dos posturas, pero para conseguir conocer cómo es el mundo solo nos sirve la primera, desgraciadamente. Y digo desgraciadamente porque el universo es como es, y no como decidamos o nos guste que sea. Obviamente, sería más bonito que un electrón recorriera su órbita por amor a su protón, y estableciera un enlace covalente porque encuentra un alma gemela con la que conpartir su existencia, incapaz desde ese momento de dedicar su cariño a un único núcleo atómico. De igual forma, sería más agradable si los conejos ayudaran a los gamos huérfanos, formando la inquebrantable hermandad del bosque para defenderse de los crueles cazadores.

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