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Posts Tagged ‘método científico’

Autores: Manuel y J.M. Hernández

La evolución del ojo, al igual que otras estructuras presuntamente complejas (por tener múltiples componentes) sigue presentando problemas para muchas personas (iba a poner científicos, pero lo cierto es que la mayoría de los defensores del DI, hoy por hoy son predicadores y teólogos). Veamos desde qué perspectiva contempla el origen del ojo la biología evolutiva y el diseño inteligente.

1. Biología evolutiva: El ojo ha evolucionado a partir de estructuras sencillas, capaces de cumplir unas funciones limitadas, hasta ojos más complejos con capacidad de una visión tridimensional y en color.

2. Diseño Inteligente: El ojo es una estructura muy compleja, es irreduciblemente compleja. Significa que si se elimina uno de los componentes del ojo éste pierde su función y no sirve para nada. Por ello no puede haber evolucionado a partir de estructuras más simples que han ido ganando complejidad a lo largo de la evolución. Tiene que haber “aparecido” súbitamente mediante la participación de una “fuerza inteligente”.

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No me gusta demasiado pegar textos de otras fuentes, dado que creo que se enriquece mucho más aportando cosas o, al menos, versiones nuevas. Sin embargo, el artículo que hoy traigo al blog merece una excepción, porque el autor, Jorge Laborda (profesor de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Castilla La Mancha) explica perfectamente como se hacen las preguntas y cómo se buscan las respuestas mediante el método científico.  Obligada lectura, bajo mi humilde opinión:

Fuente: El País.com

Puede parecer a muchos que la ciencia ha descubierto ya casi todos los misterios. Puede parecer también que los misterios que quedan por descubrir son tan grandes y lejanos como el origen del universo, o la energía oscura

Poco sospechan esos ingenuos que existe un pequeño misterio al alcance de los dedos, porque no se conoce aún con certeza por qué poseemos huellas dactilares, o mejor dicho, por qué nuestros dedos tienen en su piel las llamadas crestas papilares que dejan una huella personal y única cuando tocamos algo.

Como siempre en ciencia, una vez que se observa un fenómeno, en este caso, la presencia de las crestas papilares en dedos de manos y pies, los científicos, y gentes curiosas en general, se plantean hipótesis para explicarlos. Estas hipótesis pueden ser variopintas. Por ejemplo, habrá incluso quien piense que las crestas papilares existen para facilitar así la identificación de los criminales por la policía. Otros pueden pensar que las crestas papilares son como el código de barras de cada ser humano, reflejo de su código genético.

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Parece totalmente desmesurada la cantidad de discusiones que giran en torno a “pruebas” de la existencia o inexistencia de un dios sobrenatural. Sin embargo, este es un asunto que no puede ser abordado desde un punto de vista racional y mucho menos científico.

Dios cae fuera del campo de estudio de cualquier ciencia, por mucho que algunos institutos y centros religiosos se empeñen en denominarse “Centro X de Ciencias Religiosas”. No es que en ciencia un dios no pueda ser aceptado, el concepto es diferente: no puede ser abordado. Es decir, racional y experimentalmente, no podemos demostrar de ninguna manera ni la existencia ni la inexistencia de un dios sobrenatural.

El motivo es de puro método. Cualquier disciplina científica se basa -siendo muy reduccionista- en establecer hipótesis sobre hechos observados. Estas hipótesis tienen que poder ser comprobadas o rechazadas mediante algún tipo de experimento u observación inequívoca. Y aquí entra la lógica: no podemos establecer una hipótesis ambígua, debe poderse contrastar.

Pongamos un ejemplo: la hipótesis “El Homo sapiens surgió hace 250.000 años en África”, puede ser invalidada si se encuentra un fósil humano de una fecha anterior fuera del continente africano. Por el contrario, la hipótesis “El Homo sapiens habitaba América del sur hace 15.000 años” puede ser comprobada mediante el hallazgo de restos humanos de esa antigüedad. Aún sin una prueba definitiva, si pasa el tiempo sin encontrar fósiles de más de 250.000 años en ningún lugar del planeta o de 15.000 en América del sur, la primera hipótesis va tomando fuerza mientras que la segunda la va perdiendo. En este último caso, la validación de otras hipótesis relacionadas, por ejemplo “habrá un mayor número de especies de homínidos primitivas en África que en Europa o Asia”, contribuirán a dar aún más peso. Progresando en este camino, podremos llegar a esteblecer toda una teoría sobre el origen de la humanidad, en la cual se irán aceptando inequívocamente (y por lo tanto convirtiéndose en hechos) o rechazando las distintas hipótesis que la forman, las cualesirán modificando a su vez la teoría general.

Sin embargo, la hipótesis “Una nave extraterrestre estuvo en la órbita de Júpiter en el siglo XII pero desapareció sin dejar rastro” no puede ser ni confirmada ni rechazada de ninguna manera, por lo que no podemos trabajar con ella mediante un método experimental. No podemos darle mayor o menor peso por mucho tiempo que pase, ni podemos apoyarla o recelar por medio de hipótesis relacionadas. Así pues, podemos abordar científicamente el estudio del origen del hombre, pero no de la existencia de una nave espacial en la órbita de Júpiter durante el siglo XII.

Desprendiéndose de todo esto, no podemos mezclar cosas demostradas o rechazadas mediante el método experimental con otro tipo de metología. A nadie se le ocurriría decir “la velocidad de la luz no es de 300.000 km/s porque a mí no me gusta el número 3, yo creo que es 5000.000 km/s, porque el 5 es mi número favorito”. Cualquier persona se reiría con ganas de tal argumento, pero por el contrario, no todas lo hacen cuando el objeto no es un número, sino una creencia sobrenatural.

Y esto último es lo que ocurre con la supuesta existencia de un dios. No podemos establecer ninguna hipóteis que pueda ser comprobada o rechazada, ni siquiera que vaya adquiriendo fuerza con la no validación a través de los años o de otras colaterales. Por lógica consecuencia, no podemos utilizar un argumento no científico como éste para invalidar otro contrastado experimentalmente. Frases como “la evolución no existe porque mi dios lo dice” resultan totalmente absurdas e irracionales, y llevan a situaciones tan esperpénticas como negar los métodos de datación, la existencia de fósiles de homínidos o la producción de mutaciones beneficiosas.

Aunque claro, puedo equivocado y esta humilde opinión ser invalidada:  ¿a alquien se le ocurre una hipótesis o serie de hipótesis contrastables que puedan probar o rechazar categóricamente la existencia de un dios sobrenatural? Eso destrozaría todo mi argumento.

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Pseudociencia (del griego “ψεῦδο“, falso y del latín “scientĭa“) es un término que literalmente significa “falsa ciencia” o “falso conocimiento”, y se refiere a conjuntos de supuestos conocimientos o creencias no científicas, pero que abogan por serlo.

Este prefijo de “falso” suele tener una connotación de engaño intencionado, que es cierta en muchos casos, al tratar de dotarse de la respetabilidad que poseen las disciplinas científicas.

Son muchos los ejemplos de pseudociencias a las que nos enfrentamos a diario: alquimia, astrología, comunismo científico, caracteriología, homeopatía, grafología, ufología, parapsicología, etc.

Ya hemos tratado en otros artículos muchas características de la metodología científica, como la necesidad de que sus hipótesis sean refutables, la repetibilidad de los experimentos o la capacidad de predicción. En este caso vamos a examinar cuáles son los aspectos que hacen que el «Diseño Inteligente» sea considerado una pseudociencia, por no cumplir con las caracterísitcas de una disciplina científica y, sin embargo, pretender dotarse de una pátina de seriedad mediante su fraudulenta adscripción a la misma. Debido a ello, el D.I. está mucho más cerca de la ufología o la astrología que de la biología.

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Tras discutir en varios blogs con creacionistas acerca de la supuesta involución de la especie humana, y después de sostener irracionalmente que la esperanza de vida es cada vez menor (véase El cumpleaños de Matusalén), suelen cerrarse en banda con un argumento recurrente que, a pesar de ser totalmente falso, repiten hasta la saciedad, por aquello de que insistiendo empecinadamente creen dotarse de razón: el ser humano está degenerando porque su ADN está en involución, hecho que se demuestra en que cada vez hay mayor incidencia de enfermedades genéticas.

Como suele ser habitual, el absurdo comienza con el propio término involución que, según la Real Academia de la Lengua, significa “Detención y retroceso de una evolución biológica, política, cultural, económica, etc.“. Hasta un colegial sabe que la evolución no recapitula, es decir, nunca vuelve hacia atrás. Podrá desviarse, podrá modificar lo modificado, podrá hacer desaparecer órganos que surgieron previamente, pero al igual que las aguas de un río no retornan hacia arriba por el mismo cauce, un organismo que sufre modificaciones a lo largo de su historia evolutiva no puede simplemente dar marcha atras y deshacer lo hecho. Por ello, la involución es un fenómeno inexistente en la naturaleza. Pero además ¿como puede un creacionista proponer un mecanismo involutivo?. No se puede afirmar que no existe evolución pero sí involución.

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Basándose en los relatos bíblicos del antiguo testamento sobre la longevidad de los patriarcas antediluvianos, las corrientes literalistas cristianas pretenden deducir que la vida de los seres humanos se está acortando progresivamente desde el diluvio universal. Es decir, que cada vez vivimos menos años.

Al pretender ofrecer esta idea como “científica”, incluso se aportan multitud de conjeturas para justificar la tesis. Así encontramos explicaciones tan absurdas como que la mayor humedad y la orografía más suave en los tiempos anteriores al supuesto diluvio universal serían causas que producirían una mayor longevidad, que una pretendida degeneración genética nos arrastra a morir cada vez más tempranamente o que una mayor concentración de CO2 en la atmósfera antediluviana habría sido beneficiosa para las artritis y, ya se sabe, sin artritis se viven más años.

No entraremos a discutir estas estrambóticas explicaciones pseudocientíficas, dado que el argumento no se sostiene ni siquiera en su propio enunciado. ¿Que pruebas existen sobre una disminución progresiva de la longevidad?. Todos los datos indican precisamente lo contrario.

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Normalmente, definimos razonamiento como el proceso que permite alcanzar una conclusión conectando ideas. Es un proceso sumamente complejo, donde intervienen multitud de factores, como la lógica y el conocimiento, pero también las emociones, los gustos o los cánones sociales.

Siendo generalista, y utilizando la definición anterior, podemos encontrar tipos muy diferentes de razonamientos, por ejemplo:

– Todos los humanos son mamíferos. Pedro es humano. Por lo tanto, Pedro es mamífero.

– Hoy está muy nubado. Hoy lloverá.

– Estas manzanas son peores que aquellas más caras. Voy a comprar las baratas y así ahorro dinero.

– Estas manzanas son muy caras y aquellas muy baratas. No compro ninguna.

Podemos detectar que no se trata del mismo tipo de razonamiento, aunque todos son razonamientos válidos, incluso a pesar de que unos nos parezcan más “lógicos”que otros.

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