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Posts Tagged ‘darwinismo’

El argumento antidarwinista de que el organismo humano es demasiado complejo para ser fruto del azar representa uno de los errores más extendidos en la comprensión popular de la evolución biológica. Ésta no se produce ni mucho menos al azar, por lo que ningún organismo es fruto simplemente de un cúmulo de casualidades.

Es frecuente escuchar de boca de cualquier «antidarwinista» una frase que apela al egocentrismo más que a la lógica; una frase que bajo diversas variantes viene a decir algo así como «el ser humano no puede ser fruto del azar, algo tan complejo como un organismo humano no puede haberse formado simplemente por casualidad».

Sin duda alguna, la motivación principal de este pensamiento es la imposibilidad de reconocernos a nosotros mismos como algo que no ha sido cuidadosamente planificado y totalmente carente de objetivo, desplazando al hombre desde un puesto de protagonismo en el centro del universo a un producto más de la enorme diversidad del cosmos. Es duro aceptar que no somos más singulares que una ameba, un lemur o un orangután y que nuestra especie no ha sido más elegida que cualquier gasterópodo.

Sin embargo, esto entraría más en el campo de la psicología o de la filosofía que en el de la biología evolutiva. Lo que pretendemos abordar en este artículo no es la posición del ser humano en el cosmos, sino la premisa de la que parte la aseveración citada y que suele aceptarse de forma implícita: ¿ciertamente somos producto del azar? ¿El organismo humano -o de cualquier otro ser vivo- es fruto de la concatenación sucesiva de meras casualidades?. A pesar de su común aceptación, debemos decir que no, la evolución no es un proceso al azar y pensar que somos frutos de la casualidad es un grave error conceptual.

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CS010204La figura de Charles Darwin despierta verdadera animadversión dentro de muchos círculos religiosos. Quizá, a primera vista, una persona pueda preguntarse el porqué de este odio a un naturalista que lo único que hizo fue contribuir notablemente al avance de nuestro conocimiento del mundo viviente, odio que no se expresa ante figuras como Lamarck, Einstein o Hawkings.

En el caso del fundamentalismo religioso, Darwin es prácticamente demonizado y descrito como un ser malvado responsable de los males de nuestra época, ya fuera por su propia mano o por la de sus “seguidores”, identificados poco menos que de sectarios satánicos al servicio del ateismo.

En otros círculos de supuesto “antidarwinismo científico”, a pesar de hablar de “nuevos paradigmas en la biología” y “teorías alternativas silenciadas por el establismen neodarwinista”, surge de nuevo, tras leer unas pocas líneas, ese mismo odio visceral a la figura de Darwin.

¿Que tiene Darwin que no tengan Copérnico o Hawkings? ¿A que tanto odio no sólo a la teoría, sino a la persona? ¿Fue porque dijo que el hombre descendía del mono? En parte sí, aunque el asunto es algo más complejo.

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Dentro de los procesos evolutivos, llamamos microevolución a las pequeñas alteraciones que se dan en una población y que se deben, fundamentalmente, a cambios en sus frecuencias alélicas. Por el contrario, solemos denominar macroevolución al cambio mucho más patente que origina especies y taxones superiores, como géneros y familias.

El modo en que una y otra se relacionan o no es un campo de discusión abierto en la biología evolutiva. Mientras que algunos partidarios del gradualismo neodarwinista afirman que la macroevolución no es más que una microevolución continuada y que las grandes diferencias entre taxones de alto rango son el resultado de infinitud de pequeños cambios acumulados a lo largo de larguísimos períodos de tiempo, otros especialistas opinan que los mecanismos que rigen una y otra no tienen porqué ser los mismos y ofrecen explicaciones alternativas a la selección gradual, como la simbiogénesis o las formulaciones más duras del equilibrio puntuado.

Esta discusión, científicamente legítima y enriquecedora, es prostituida por creacionistas y otros fanáticos para reconocer la existencia de una microevolución como hecho probado -algo que no molesta a sus creencias-, mientras niegan la existencia de macroevolución bajo el pretexto de que no existe ninguna prueba de que este fenómeno ocurra realmente, consistiendo únicamente en elucubraciones de los “evolucionistas” que la defienden.

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La publicación de “El Origen de las Especies” supuso una nueva forma de entender la evolución biológica. A pesar de que existe un mito muy común que atribuye a Darwin la idea de evolución, ésta ya se encontraba bastante asentada en muchos naturalistas de la época, entre los que sin duda destacó Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829), que desarrolló todo un sistema explicativo para el proceso evolutivo, el de la herencia de los caracteres adquiridos. Prueba de esta aceptación de la evolución -aunque únicamente fuera a nivel científco- es que otro naturalista, Alfred Russel Wallace (1823-1913), desarrolló prácticamente la misma teoría sobre selección natural de forma independiente y simultánea. Este tipo de coincidencias es frecuente cuando el estado del conocimiento sobre un tema está lo suficientemente maduro.

Lo que supuso una verdadera revolución, y constituyó uno de los aspectos peor entendidos y más criticados de la nueva teoría, fue la substitución de cualquier tipo de predeterminación y finalidad en la variación de los organismos por el concepto de variación al azar. Sin embargo, al igual que con otros aspectos de su teoría, Darwin fue muy cauto a la hora de exponerlo, temeroso como era de enfrentarse demasiado a la opinión generalizada de la época.

A pesar de que hoy día se simplifica diciendo que Darwin estableció que las “mutaciones se producen al azar”, en su obra original no encontramos literalmente la palabra “azar” y mucho menos referencia alguna a “mutación”, concepto desconocido para la época. El naturalista hablaba simplemente de variación o modificación, indicando que ésta se producía en todas las direcciones, pudiendo ser tanto beneficiosa para el individuo como perjudicial o inocua. Es la selección natural, operando en cada ambiente particular, la que filtra aquellas “alteraciones” beneficiosas, mientras deshecha las perjudiciales y no surte ningún efecto con las inocuas.

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Existen dos tipos de razones por las que una persona suele aceptar o rechazar una teoría científica: la primera, dentro del campo de la ciencia, es el número de evidencias y pruebas a su favor, enfrentadas a las pruebas o evidencias en contra. La segunda razón, mucho más irracional e impulsiva, es lo que nos gusta o disgusta lo que formula la teoría.

Cabría pensar que un científico siempre tiende a utilizar el primer criterio, mientras que una persona sin formación cientrífico-técnica empleará preferentemente por la segunda. Sin embargo, no siempre es así. He conocido gente sin ningún tipo de estudios que le convenciía más la explicación astronómica de un cometa que la de una simple “luz en el cielo”, únicamente por su constatación empírica de que la luminaria parecía estar cada vez más cerca. Y también he conocido personas de ciencia que se negaban a considerar determinadas hipótesis o teorías por ser «racistas» o cualquier otro descalificativo sociológico.

Y hasta cierto punto, ambas posturas son comprensibles. La primera proviene de la curiosidad, de esa pretensión -pienso que innata- de intentar comprender lo que observamos a nuestro alrededor. La segunda, también presente en todos nosotros, se origina en la intención de pintar la realidad que más nos agrada, de transformar el mundo en un sitio más confortable aunque sea únicamente en nuestra imaginación.

Eticamente hablando, quizá no sea reprobable ninguna de las dos posturas, pero para conseguir conocer cómo es el mundo solo nos sirve la primera, desgraciadamente. Y digo desgraciadamente porque el universo es como es, y no como decidamos o nos guste que sea. Obviamente, sería más bonito que un electrón recorriera su órbita por amor a su protón, y estableciera un enlace covalente porque encuentra un alma gemela con la que conpartir su existencia, incapaz desde ese momento de dedicar su cariño a un único núcleo atómico. De igual forma, sería más agradable si los conejos ayudaran a los gamos huérfanos, formando la inquebrantable hermandad del bosque para defenderse de los crueles cazadores.

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desconocido

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darwin_phototennisAlgunas teorías científicas calan hasta el público menos aficionado a la ciencia. Esto se debe a que tratan sobre aspectos que parecen afectarnos muy directamente como seres humanos. Indudablemente, se trata de una apreciación parcial: nos afecta de igual modo  -o incluso más- la existencia o inexistencia de las supercuerdas que la estructura del árbol evolutivo de los primates. Sin embargo, poca gente siente inquietud por las partículas elementales que forman los átomos de los que se compone su cuerpo, pero sienten un irrefrenable interés por saber si el Homo sapiens desciende de un ancestro común con los chimpancés.

En el caso del darwinismo (o por ser más correctos, de la teoría de la evolución mediante selección natural), este fenómeno se produjo desde el mismo día de la publicación de “El Origen de las Especies”. La simple idea de que el ser humano no fuera un ser único, distinguido y radicalemnte separado de las apestosas bestias, es algo que muchas mentes acomodadas en la autoproclamada superioridad de nuestra raza no eran, ni son, capaces de asimilar.

De igual forma, aunque situados en el equipo contrario, numerosos fanáticos antireligiosos ven en las tesis darwinistas un arma contra la espiritualidad que aborrecen. Para ellos, nada mejor que una supuesta demostración científica de que dios no existe, o al menos una explicación sobre el origen del ser humano que no requiera de ninguna deidad modelando barro primigenio.

También es común leer que el bueno de Sir Charles no sólo no olía a azufre, sino que fue un pertinaz creyente hasta el final de sus días, no abandonando nunca el cristianismo y acoplando sus teorías a la existencia indudable de los reinos celestiales. En un curioso punto intermedio, circula la leyenda de que si bien abandonó la fe a lo largo de sus investigaciones, se retractó en su lecho de muerte lamentando todo el mal que había infringido a la cristiandad y renegando de sus «creencias» evolucionistas.

Sin embargo, para decepción de unos y de otros, todos estos tópicos son radicalmente falsos. Darwin no tenía como objetivo derrocar a ningún dios, pero tampoco pretendió armonizar la evolución con la Biblia.  Darwin se limitó a emitir una teoría para explicar la biodiversidad, lo demás son solo frutos de la inmadurez e inseguridad de aquellos que a lo largo de la historia de la humanidad, han necesitado militar irracionalmente en cualquier tipo de creencias que aporten el sentido a su existencia, sentido que son incapaces de encontrar mediante la razón. El ateismo  o -como él prefería denominarlo- agnosticismo de Darwin fue algo méramente circunstancial y completamente irrelevante para la contribución que el naturalista inglés realizó al conocimiento biológico. Charles Darwin fue uno de tantos creyentes pasivos que acabó abrazando el agnosticismo sin ningún tipo de fanatismo o radicalidad.

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