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CS010204La figura de Charles Darwin despierta verdadera animadversión dentro de muchos círculos religiosos. Quizá, a primera vista, una persona pueda preguntarse el porqué de este odio a un naturalista que lo único que hizo fue contribuir notablemente al avance de nuestro conocimiento del mundo viviente, odio que no se expresa ante figuras como Lamarck, Einstein o Hawkings.

En el caso del fundamentalismo religioso, Darwin es prácticamente demonizado y descrito como un ser malvado responsable de los males de nuestra época, ya fuera por su propia mano o por la de sus “seguidores”, identificados poco menos que de sectarios satánicos al servicio del ateismo.

En otros círculos de supuesto “antidarwinismo científico”, a pesar de hablar de “nuevos paradigmas en la biología” y “teorías alternativas silenciadas por el establismen neodarwinista”, surge de nuevo, tras leer unas pocas líneas, ese mismo odio visceral a la figura de Darwin.

¿Que tiene Darwin que no tengan Copérnico o Hawkings? ¿A que tanto odio no sólo a la teoría, sino a la persona? ¿Fue porque dijo que el hombre descendía del mono? En parte sí, aunque el asunto es algo más complejo.

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La publicación de “El Origen de las Especies” supuso una nueva forma de entender la evolución biológica. A pesar de que existe un mito muy común que atribuye a Darwin la idea de evolución, ésta ya se encontraba bastante asentada en muchos naturalistas de la época, entre los que sin duda destacó Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829), que desarrolló todo un sistema explicativo para el proceso evolutivo, el de la herencia de los caracteres adquiridos. Prueba de esta aceptación de la evolución -aunque únicamente fuera a nivel científco- es que otro naturalista, Alfred Russel Wallace (1823-1913), desarrolló prácticamente la misma teoría sobre selección natural de forma independiente y simultánea. Este tipo de coincidencias es frecuente cuando el estado del conocimiento sobre un tema está lo suficientemente maduro.

Lo que supuso una verdadera revolución, y constituyó uno de los aspectos peor entendidos y más criticados de la nueva teoría, fue la substitución de cualquier tipo de predeterminación y finalidad en la variación de los organismos por el concepto de variación al azar. Sin embargo, al igual que con otros aspectos de su teoría, Darwin fue muy cauto a la hora de exponerlo, temeroso como era de enfrentarse demasiado a la opinión generalizada de la época.

A pesar de que hoy día se simplifica diciendo que Darwin estableció que las “mutaciones se producen al azar”, en su obra original no encontramos literalmente la palabra “azar” y mucho menos referencia alguna a “mutación”, concepto desconocido para la época. El naturalista hablaba simplemente de variación o modificación, indicando que ésta se producía en todas las direcciones, pudiendo ser tanto beneficiosa para el individuo como perjudicial o inocua. Es la selección natural, operando en cada ambiente particular, la que filtra aquellas “alteraciones” beneficiosas, mientras deshecha las perjudiciales y no surte ningún efecto con las inocuas.

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desconocido

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darwin_phototennisAlgunas teorías científicas calan hasta el público menos aficionado a la ciencia. Esto se debe a que tratan sobre aspectos que parecen afectarnos muy directamente como seres humanos. Indudablemente, se trata de una apreciación parcial: nos afecta de igual modo  -o incluso más- la existencia o inexistencia de las supercuerdas que la estructura del árbol evolutivo de los primates. Sin embargo, poca gente siente inquietud por las partículas elementales que forman los átomos de los que se compone su cuerpo, pero sienten un irrefrenable interés por saber si el Homo sapiens desciende de un ancestro común con los chimpancés.

En el caso del darwinismo (o por ser más correctos, de la teoría de la evolución mediante selección natural), este fenómeno se produjo desde el mismo día de la publicación de “El Origen de las Especies”. La simple idea de que el ser humano no fuera un ser único, distinguido y radicalemnte separado de las apestosas bestias, es algo que muchas mentes acomodadas en la autoproclamada superioridad de nuestra raza no eran, ni son, capaces de asimilar.

De igual forma, aunque situados en el equipo contrario, numerosos fanáticos antireligiosos ven en las tesis darwinistas un arma contra la espiritualidad que aborrecen. Para ellos, nada mejor que una supuesta demostración científica de que dios no existe, o al menos una explicación sobre el origen del ser humano que no requiera de ninguna deidad modelando barro primigenio.

También es común leer que el bueno de Sir Charles no sólo no olía a azufre, sino que fue un pertinaz creyente hasta el final de sus días, no abandonando nunca el cristianismo y acoplando sus teorías a la existencia indudable de los reinos celestiales. En un curioso punto intermedio, circula la leyenda de que si bien abandonó la fe a lo largo de sus investigaciones, se retractó en su lecho de muerte lamentando todo el mal que había infringido a la cristiandad y renegando de sus «creencias» evolucionistas.

Sin embargo, para decepción de unos y de otros, todos estos tópicos son radicalmente falsos. Darwin no tenía como objetivo derrocar a ningún dios, pero tampoco pretendió armonizar la evolución con la Biblia.  Darwin se limitó a emitir una teoría para explicar la biodiversidad, lo demás son solo frutos de la inmadurez e inseguridad de aquellos que a lo largo de la historia de la humanidad, han necesitado militar irracionalmente en cualquier tipo de creencias que aporten el sentido a su existencia, sentido que son incapaces de encontrar mediante la razón. El ateismo  o -como él prefería denominarlo- agnosticismo de Darwin fue algo méramente circunstancial y completamente irrelevante para la contribución que el naturalista inglés realizó al conocimiento biológico. Charles Darwin fue uno de tantos creyentes pasivos que acabó abrazando el agnosticismo sin ningún tipo de fanatismo o radicalidad.

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Charles Darwin

Charles Darwin

Posiblemente, Charles Darwin sea el naturalista sobre el que más literatura se ha escrito a lo largo de la historia. Resulta realmente difícil encontrar a alguien que no conozca al autor de “El Origen de las Especies”, aunque ni siquiera sea aficionado a la naturaleza ni haya oído hablar jamás de Lamarck, Bolívar, Buffon o Cavanilles. Sin embargo, y como suele ocurrir con personajes muy populares, ni todo lo que se atribuye a Darwin es cierto, ni su obra o sus implicaciones son tan bien conocidas como su nombre, y éste es uno de los factores que contribuyen de forma más importante a que mucha gente asuma o critique el darwinismo sin comprender realmente su significado.

Charles Robert Darwin fue, sin duda alguna, un gran naturalista. Poseyó las cualidades fundamentales para la labor científica: la paciencia, la constancia y un método implacable tanto en la observación como en la elaboración de conclusiones a partir de ésta. Tal minuciosidad, calificada por algunos de sus biógrafos como patológica, le llevó a retrasar más de 20 años la publicación de la teoría de la selección natural tras regresar de su viaje en el Beagle. Algunos autores opinan incluso que si no se hubiera sentido espoleado por una carta de Alfred Rusell Wallace, recibida en 1858 y donde exponía una teoría similar a la de Darwin desarrollada de modo independiente, nunca hubiéramos tenido la ocasión de leer “El Origen de las Especies”. Y quizá en este punto se encuentre uno de los mayores mitos sobre Darwin: lo irremplazable de su figura.

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“Estimados señores: los siguientes trabajos, que tenemos el honor de poner en conocimiento de la Sociedad Lineana de Londres, concernientes todos ellos al mismo asunto, a decir, las leyes que afectan la producción de las variedades, razas y especies, contienen el resultado de las investigaciones de dos infatigables naturalistas: Charles Darwin y Alfred Wallace”. Así comenzaba la carta que hace 150 años iba a cambiar la historia de la ciencia. El descubrimiento conjunto de la teoría de la selección natural por parte de Darwin (1809-1882) y Wallace (1823-1913) y, un año más tarde, la publicación de El origen de las especies, del primero, marcan un cambio en la percepción que el mundo tenía de sí mismo. (El Pais, 3/08/2008 )

El 150 aniversario de la presentación ante la Sociedad Lineana de Londres de la teoría de la Evolución mediante Selección Natural (que culminará en 2009 cuando se cumplan 150 años de la publicación de El Origen de las Especies) ocupa un espacio importante no solo en medios especializados, sino en las publicaciones generalistas y diarios nacionales. Lógicamente, la visión «periodística» del acontecimiento prima muchas veces más las polémicas sobre evolucionismo que los aportes reales de la teoría, salvo honrosas excepciones. Una pequeña recopilación de artículos de diversos medios donde se puede observar el fuerte calado social de esta revolucionaria aportación a la biología:

Y para consultar la obra completa del naturalista inglés, nada mejor que el proyecto “Darwin online“.

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En un artículo anterior comentábamos que la Teoría Sintética de la Evolución supuso una importantísima unificación de conceptos, aunando la teoría de evolución mediante selección natural de Darwin y Wallace con los recientes avances en el campo de la genética. Durante las siguientes décadas se sucedieron nuevos descubrimientos que condujeron a algunas nuevas teorías sobre variación y ritmo evolutivo, las cuales fueron en muchos casos incorporadas al corpus de la síntesis evolutiva -no sin cierto uso de «calzador» en varias ocasiones-, como ocurrió con la mayor parte de la teoría de equilibrio puntuado de Elredge y Gould o el origen simbiótico de la célula eucariota de Margullis.

Hoy día, cuando sabemos que el funcionamiento del material hereditario dista mucho de reducirse a los postulados de Mendel, cuando hemos descubierto formas en otro tiempo inimaginables de transmisión de genes entre distintas especies, cuando el registro fósil nos muestra unas discontinuidades que no se deben a lo incompleto del mismo, sino que parecen ser la norma general, cuando hemos comprobado que compartimos paquetes enteros de genes con especies tan distantes como los dípteros o los anélidos y cuando nuestra biblioteca genética se ha mostrado al menos un orden de magnitud más reducida de lo que pensábamos y sorprendentemente similar al resto de vertebrados e incluso invertebrados, quizá a la nueva síntesis le empieza a sobrar el apelativo de “nueva”, mientras se impone una reestructuración del cuerpo general de la teoría.

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