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Posts Tagged ‘antidarwinismo’

CS010204La figura de Charles Darwin despierta verdadera animadversión dentro de muchos círculos religiosos. Quizá, a primera vista, una persona pueda preguntarse el porqué de este odio a un naturalista que lo único que hizo fue contribuir notablemente al avance de nuestro conocimiento del mundo viviente, odio que no se expresa ante figuras como Lamarck, Einstein o Hawkings.

En el caso del fundamentalismo religioso, Darwin es prácticamente demonizado y descrito como un ser malvado responsable de los males de nuestra época, ya fuera por su propia mano o por la de sus “seguidores”, identificados poco menos que de sectarios satánicos al servicio del ateismo.

En otros círculos de supuesto “antidarwinismo científico”, a pesar de hablar de “nuevos paradigmas en la biología” y “teorías alternativas silenciadas por el establismen neodarwinista”, surge de nuevo, tras leer unas pocas líneas, ese mismo odio visceral a la figura de Darwin.

¿Que tiene Darwin que no tengan Copérnico o Hawkings? ¿A que tanto odio no sólo a la teoría, sino a la persona? ¿Fue porque dijo que el hombre descendía del mono? En parte sí, aunque el asunto es algo más complejo.

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dados-thumb851750Ya hemos tratado en algunos otros artículos el concepto de azar en los procesos evolutivos, e incluso en la propia obra de Darwin. Sin embargo, creo que no está de más profundizar en un aspecto que, a pesar de ser un concepto básico del bachillerato elemental, parece escapárseles a multitud de antievolucionistas.

El proceso evolutivo no es fruto del azar, sino de la selección natural. Ésta representa todo lo contrario a un proceso azaroso, al seleccionar las variaciones que representan una ventaja en un medio y un momento dado y despreciar aquellas que son desventajosas. Debido a ello, no podemos decir que estamos aquí como especie por un capricho del azar, todo lo contrario: estamos aquí porque un proceso selectivo ha trabajado durante millones de años eligiendo cuidadosamente y acumulando celosamente las mutaciones y variaciones convenientes.

¿A que se debe entonces ese tópico argumento creacionista de que el ADN, una célula o un organismo humano son tan complejos que no pueden construirse por mero azar y que las probabilidades son tan astronómicas como las de que un tornado construya un boeing 747 tras atravesar un almacén de piezas de recambio?. Pues con todo el respeto, únicamente se explica por la ignorancia tanto de los mecanismos evolutivos como de los conceptos de probabilidad más elementales.

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darwin_phototennisAlgunas teorías científicas calan hasta el público menos aficionado a la ciencia. Esto se debe a que tratan sobre aspectos que parecen afectarnos muy directamente como seres humanos. Indudablemente, se trata de una apreciación parcial: nos afecta de igual modo  -o incluso más- la existencia o inexistencia de las supercuerdas que la estructura del árbol evolutivo de los primates. Sin embargo, poca gente siente inquietud por las partículas elementales que forman los átomos de los que se compone su cuerpo, pero sienten un irrefrenable interés por saber si el Homo sapiens desciende de un ancestro común con los chimpancés.

En el caso del darwinismo (o por ser más correctos, de la teoría de la evolución mediante selección natural), este fenómeno se produjo desde el mismo día de la publicación de “El Origen de las Especies”. La simple idea de que el ser humano no fuera un ser único, distinguido y radicalemnte separado de las apestosas bestias, es algo que muchas mentes acomodadas en la autoproclamada superioridad de nuestra raza no eran, ni son, capaces de asimilar.

De igual forma, aunque situados en el equipo contrario, numerosos fanáticos antireligiosos ven en las tesis darwinistas un arma contra la espiritualidad que aborrecen. Para ellos, nada mejor que una supuesta demostración científica de que dios no existe, o al menos una explicación sobre el origen del ser humano que no requiera de ninguna deidad modelando barro primigenio.

También es común leer que el bueno de Sir Charles no sólo no olía a azufre, sino que fue un pertinaz creyente hasta el final de sus días, no abandonando nunca el cristianismo y acoplando sus teorías a la existencia indudable de los reinos celestiales. En un curioso punto intermedio, circula la leyenda de que si bien abandonó la fe a lo largo de sus investigaciones, se retractó en su lecho de muerte lamentando todo el mal que había infringido a la cristiandad y renegando de sus «creencias» evolucionistas.

Sin embargo, para decepción de unos y de otros, todos estos tópicos son radicalmente falsos. Darwin no tenía como objetivo derrocar a ningún dios, pero tampoco pretendió armonizar la evolución con la Biblia.  Darwin se limitó a emitir una teoría para explicar la biodiversidad, lo demás son solo frutos de la inmadurez e inseguridad de aquellos que a lo largo de la historia de la humanidad, han necesitado militar irracionalmente en cualquier tipo de creencias que aporten el sentido a su existencia, sentido que son incapaces de encontrar mediante la razón. El ateismo  o -como él prefería denominarlo- agnosticismo de Darwin fue algo méramente circunstancial y completamente irrelevante para la contribución que el naturalista inglés realizó al conocimiento biológico. Charles Darwin fue uno de tantos creyentes pasivos que acabó abrazando el agnosticismo sin ningún tipo de fanatismo o radicalidad.

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Por Phosphoros

Este escrito es en parte en respuesta a “Lista de falacias lógicas que debe evitar toda persona consciente y reflexiva” de John N. Moore, y en parte a “Faltos de Todo Entendimiento de Lógica” por Kyle Butt, además de a muchas otras declaraciones hechas por Creacionistas “científicos” o del Diseño Inteligente, tanto sea en Libros, Revistas, Páginas de Internet o en Blogs. Es mi deber aclarar a los lectores que las falacias que se encuentran en los textos “educativos” creacionistas (y del Diseño Inteligente) son tantas, y tan difíciles de clasificar, que es posible, que las falacias que se citen pertenezcan a más de una categoría. Razón por la cuál algunas van a tener aclaraciones y/o comentarios, y otras no, ya que éstas hablan por sí mismas. Por último, visto y considerando que estas personas son muy sensibles a las críticas trataré, en lo posible, de no utilizar ningún tipo de adjetivo calificativo por el que ellos puedan sentirse ofendidos.
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Hay conceptos que tienen cierto «duende» que impide que los olvidemos aún cuando están marcadamente caducos. Expresiones como «surgió por generación espontánea» o «tiene muy buen paladar para el vino», se han convertido con el tiempo en tópicos generalizados, a pesar de que la generación espontánea no exista y en el paladar no haya papilas gustativas. Sin embargo, siguen utilizándose contínuamente, muchas veces como dudosa tradición y otras, aunque parezca mentira, por verdadera ignorancia.

Uno de estos tópicos es el famoso «eslabón perdido», que también ha llegado hasta nuestros días. Cuando Darwin publicó el Origen de las Especies en 1859, muchos de sus seguidores -especialmente Thomas Huxley- comenzaron a aplicar la teoría de la selección natural a la evolución humana, tema al que Sir Charles dedicó un libro algunos años después: «La ascendencia del hombre» (1871). En aquellos años, prácticamente no se conocían fósiles de homínidos, a excepción de algunos restos de neandertal sin identificar descubiertos en 1856.

Los críticos de la época a las teorías de Darwin exigieron como prueba la presentación de fósiles transicionales entre el hombre y el simio y, ante su ausencia, acuñaron el término “eslabón perdido” para hacer referencia a lo que calificaron como una laguna insalvable en la nueva teoría.

El asunto no era exactamente como lo planteaban los antievolucionistas decimonónicos, dado que los fósiles transicionales no constituían un error, sino una predicción de la teoría darwinista, es decir, si ésta era válida, deberían aparecer formas de transición no solamente en la línea evolutiva humana, sino la del resto de las especies.

Y, ni más ni menos, esto es lo que ocurrió, dotando a la teoría evolutiva de tal fuerza que, junto con otras muchas evidencias, hacen que hoy día la evolución sea considerada un hecho probado más allá de toda duda razonable.

Sin embargo, el concepto de «eslabón perdido» perdura en boca de multitud de artículos periodísticos y en círculos fundamentalistas partidarios del diseño inteligente (creacionismo).

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En un artículo anterior comentábamos que la Teoría Sintética de la Evolución supuso una importantísima unificación de conceptos, aunando la teoría de evolución mediante selección natural de Darwin y Wallace con los recientes avances en el campo de la genética. Durante las siguientes décadas se sucedieron nuevos descubrimientos que condujeron a algunas nuevas teorías sobre variación y ritmo evolutivo, las cuales fueron en muchos casos incorporadas al corpus de la síntesis evolutiva -no sin cierto uso de «calzador» en varias ocasiones-, como ocurrió con la mayor parte de la teoría de equilibrio puntuado de Elredge y Gould o el origen simbiótico de la célula eucariota de Margullis.

Hoy día, cuando sabemos que el funcionamiento del material hereditario dista mucho de reducirse a los postulados de Mendel, cuando hemos descubierto formas en otro tiempo inimaginables de transmisión de genes entre distintas especies, cuando el registro fósil nos muestra unas discontinuidades que no se deben a lo incompleto del mismo, sino que parecen ser la norma general, cuando hemos comprobado que compartimos paquetes enteros de genes con especies tan distantes como los dípteros o los anélidos y cuando nuestra biblioteca genética se ha mostrado al menos un orden de magnitud más reducida de lo que pensábamos y sorprendentemente similar al resto de vertebrados e incluso invertebrados, quizá a la nueva síntesis le empieza a sobrar el apelativo de “nueva”, mientras se impone una reestructuración del cuerpo general de la teoría.

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Tanto la transferencia horizontal de genes como la endosimbiosis describen sistemas para producir variabilidad diferentes a las mutaciones al azar. Por otro lado, el equilibrio puntuado transforma el gradualismo tradicional en un ritmo evolutivo discontinuo y la existencia de genes reguladores de diferentes cateogorías explica como una mutación simple en uno de ellos puede producir efectos mucho más notorios y localmente diferenciados que lo que la concepción neodarwinista predice.

Sin embargo, analizando en profundidad esta nuevas aportaciones, no podemos decir que alguna de ellas ofrezca una alternativa al principal mecanismo selector de la variabilidad, la selección natural. Independientemente de como se generen las nuevas formas, ¿que es lo que hace un genoma vírico incorporado al ADN huesped se propague por la población? ¿que marca el éxito evolutivo de una u otra simbiosis? ¿que selecciona, entre la multitud de nuevas formas que produce una inestabilidad evolutiva o entre las múltiples expresiones provocadas por la mutación en un pequeño número de genes reguladores?

Quizá la propuesta más seria para desbancar a la selección natural como filtro principal de la variabilidad producida, aunque exclusivamente a nivel molecular, sea el neutralismo del biomatemático japonés Motoo Kimura. Sin embargo, la novedad del neutralismo no consiste en la formulación de un nuevo proceso selectivo, sino de la justificación matemática de la deriva genética como motor principal de la evolución molecular, frente a una selección natural que solo actuaría de forma secundaria.

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