La selección natural es el mecanismo evolutivo más comúnmente aceptado por la comunidad científica, aunque se han formulado varias teorías sobre otros posibles motores evolutivos. Aunque minoritarias, estas propuestas siguen alimentando un interesante debate dentro de la biología evolutiva, y posiblemente permitan alcanzar si no el «nuevo paradigma» que algunos vaticinan, sí una reformulación de la teoría sintética de la evolución que la dote de un mayor poder explicativo.
Y es que estas nuevas propuestas no suponen el desmantelamiento de la teoría evolutiva, como parecen creer en algunos medios, todo lo contrario, se trata de nuevos puntos de vista sobre algunos aspectos de ésta que pueden contribuir a su mejora, más que a su invalidación. En algunos casos, ciertamente, modifican el proceso mutación->selección->fijación/desaparición, pero en otros, solo cambian el ritmo o complementan a la mutación como fuente de variación, poniéndose incluso por encima de ella en importancia. Sin embargo, independientemente del proceso que produzca el nuevo carácter (o en algunos casos, incluso, la nueva especie), argumentaremos en este artículo y siguientes como la selección natural sigue actuando irremediablemente sobre el resultado.
La selección natural fué propuesta en 1859 por Charles Darwin como el mecanismo mediante el cual los organismos evolucionan. Alfred Rusell Wallace alcanzó independientemente las mismas conclusiones, que comunicó epistolarmente a Darwin en 1858, por lo que en justicia, deberíamos hablar de la teoría de Darwin y Wallace.
Formulada originalmente en “El origen de las especies”, podíamos leer en sus conclusiones:
Existen organismos que se reproducen y la progenie hereda características de sus progenitores, existen variaciones de características si el medio ambiente no admite a todos los miembros de una población en crecimiento. Entonces aquellos miembros de la población con características menos adaptadas (según lo determine su medio ambiente) morirán con mayor probabilidad. Entonces aquellos miembros con características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente.
A pesar de que lo comentado en el artículo anterior basta para evidenciar algo, por otra parte obvio, como es la falta de cualquier criterio científico en las doctrinas creacionistas, puede resultar interesante analizar lo que algunos autores han definico como características comunes a todas las pseudociencias. Comprobaremos así si el creacionismo disfrazado de Diseño Inteligente es algo especial o merece compartir revistas con los perseguidores del Monstruo del Lago Ness.
Pseudociencia (del griego “ψεῦδο“, falso y del latín “scientĭa“) es un término que literalmente significa “falsa ciencia” o “falso conocimiento”, y se refiere a conjuntos de supuestos conocimientos o creencias no científicas, pero que abogan por serlo.
Este prefijo de “falso” suele tener una connotación de engaño intencionado, que es cierta en muchos casos, al tratar de dotarse de la respetabilidad que poseen las disciplinas científicas.
Son muchos los ejemplos de pseudociencias a las que nos enfrentamos a diario: alquimia, astrología, comunismo científico, caracteriología, homeopatía, grafología, ufología, parapsicología, etc.
Ya hemos tratado en otros artículos muchas características de la metodología científica, como la necesidad de que sus hipótesis sean refutables, la repetibilidad de los experimentos o la capacidad de predicción. En este caso vamos a examinar cuáles son los aspectos que hacen que el «Diseño Inteligente» sea considerado una pseudociencia, por no cumplir con las caracterísitcas de una disciplina científica y, sin embargo, pretender dotarse de una pátina de seriedad mediante su fraudulenta adscripción a la misma. Debido a ello, el D.I. está mucho más cerca de la ufología o la astrología que de la biología.
Tras discutir en varios blogs con creacionistas acerca de la supuesta involución de la especie humana, y después de sostener irracionalmente que la esperanza de vida es cada vez menor (véase El cumpleaños de Matusalén), suelen cerrarse en banda con un argumento recurrente que, a pesar de ser totalmente falso, repiten hasta la saciedad, por aquello de que insistiendo empecinadamente creen dotarse de razón: el ser humano está degenerando porque su ADN está en involución, hecho que se demuestra en que cada vez hay mayor incidencia de enfermedades genéticas.
Como suele ser habitual, el absurdo comienza con el propio término involución que, según la Real Academia de la Lengua, significa “Detención y retroceso de una evolución biológica, política, cultural, económica, etc.“. Hasta un colegial sabe que la evolución no recapitula, es decir, nunca vuelve hacia atrás. Podrá desviarse, podrá modificar lo modificado, podrá hacer desaparecer órganos que surgieron previamente, pero al igual que las aguas de un río no retornan hacia arriba por el mismo cauce, un organismo que sufre modificaciones a lo largo de su historia evolutiva no puede simplemente dar marcha atras y deshacer lo hecho. Por ello, la involución es un fenómeno inexistente en la naturaleza. Pero además ¿como puede un creacionista proponer un mecanismo involutivo?. No se puede afirmar que no existe evolución pero sí involución.
Basándose en los relatos bíblicos del antiguo testamento sobre la longevidad de los patriarcas antediluvianos, las corrientes literalistas cristianas pretenden deducir que la vida de los seres humanos se está acortando progresivamente desde el diluvio universal. Es decir, que cada vez vivimos menos años.
Al pretender ofrecer esta idea como “científica”, incluso se aportan multitud de conjeturas para justificar la tesis. Así encontramos explicaciones tan absurdas como que la mayor humedad y la orografía más suave en los tiempos anteriores al supuesto diluvio universal serían causas que producirían una mayor longevidad, que una pretendida degeneración genética nos arrastra a morir cada vez más tempranamente o que una mayor concentración de CO2 en la atmósfera antediluviana habría sido beneficiosa para las artritis y, ya se sabe, sin artritis se viven más años.
No entraremos a discutir estas estrambóticas explicaciones pseudocientíficas, dado que el argumento no se sostiene ni siquiera en su propio enunciado. ¿Que pruebas existen sobre una disminución progresiva de la longevidad?. Todos los datos indican precisamente lo contrario.
En la actualidad los consumidores españoles se encuentran prácticamente indefensos frente a los fraudes cometidos por supuestos curanderos, videntes, adivinadores y otros profesionales de los “servicios paranormales”. La futura incorporación al Derecho español de la Directiva 2005/29/EC, relativa a las prácticas comerciales desleales, vendrá a paliar en parte esta situación. Solicitamos apoyos para medidas complementarias que garanticen al consumidor el no ser víctima de un fraude.
Normalmente, definimos razonamiento como el proceso que permite alcanzar una conclusión conectando ideas. Es un proceso sumamente complejo, donde intervienen multitud de factores, como la lógica y el conocimiento, pero también las emociones, los gustos o los cánones sociales.
Siendo generalista, y utilizando la definición anterior, podemos encontrar tipos muy diferentes de razonamientos, por ejemplo:
- Todos los humanos son mamíferos. Pedro es humano. Por lo tanto, Pedro es mamífero.
- Hoy está muy nubado. Hoy lloverá.
- Estas manzanas son peores que aquellas más caras. Voy a comprar las baratas y así ahorro dinero.
- Estas manzanas son muy caras y aquellas muy baratas. No compro ninguna.
Podemos detectar que no se trata del mismo tipo de razonamiento, aunque todos son razonamientos válidos, incluso a pesar de que unos nos parezcan más “lógicos”que otros.
“Tengamos en un desguace las piezas necesarias para construir un Boeing 747, desmontadas y desordenadas. Entonces llega un tornado y atraviesa la zona. ¿Cuál es la posibilidad de que después nos encontráramos allí el avión completamente montado y listo para volar?”. La probabilidad de este suceso, es la misma –o incluso mayor- de la que el ADN se formara de manera casual”
Esta frase podría atribuirse a cualquier telepredicador ignorante sin ningún tipo de conocimientos en biología. Sin embargo, su autor fue Sir Fred Hoyle, un gran astrofísico británico autor de la teoría del universo estacionario. Lamentablemente, a Sir Frederick no solamente se le reconocen grandes logros en el campo de la astronomía, sino también perogrulladas como ésta, o como otra famosa acusación en la que afirmaba que los fósiles de dinosaurio eran falsificaciones realizadas en cemento.
Pero no es el ástrónomo iluminado el objeto de este artículo, sino su razonamiento que, lejos de quedar en una anécdota, sigue escuchándose en determinados foros de literalistas bíblicos anti-evolución.
La idea de que el ADN, las proteínas, el ciclo de Krebs, el ojo humano o cualquier otro sistema biológico complejo no puede formarse de repente y por azar suele emplearse muy a menudo tratando de criticar el proceso evolutivo. Podemos leer numerosos artículos y entrevistas en donde los “cientos de pruebas” contra la evolución son en realidad “cientos de ejemplos” de sistemas biológicos complejos, sobre los que se utiliza una y otra vez este mismo argumento de forma recursiva.
Y es cierto. La probabilidad de que cualquiera de estos sistemas aparezca de pronto y de forma casual es insignificante. Es más, el que todos los sistemas biológicos se hayan originado de esta forma roza la imposibilidad.