Si digo que a pesar de ser alto no juego al baloncesto, a pesar de ser gordo no practico el sumo o que a pesar de haber nacido en Astorga no como mantecadas, posiblemente a nadie le extrañaría. Aún más, si dijera que el hecho de que los castores construyan presas no me obliga a ser ingeniero, o que por muchos huevos que pongan las perdices no pienso volverme ovíparo, estoy seguro que despertaría alguna sonrisa socarrona y más de una sospecha sobre mi reciente consumo de psicotrópicos.
Sin embargo, en muchos aspectos existe una inexplicable tendencia por parte de cierto tipo de gente a querer ajustar nuestro comportamiento a lo “natural”. Esta forma de ver las cosas presenta dos modalidades muy diferentes, y casi me inclinaría a pensar que enfrentadas. Por un lado, muchas personas toman a la naturaleza como un referente moral, valorando lo que esta bien o lo que está mal con arreglo a lo que ocurre en los documentales de La 2. En el rincón opuesto del cuadrilátero, se encuentran aquellos que no son capaces de aceptar una idea “desagradable” de la naturaleza, y se niegan a aceptar que los gatos puedan matar a sus crías, porque les resulta moralmente inaceptable.
Ambas posiciones parten de la misma base: creer que nuestro comportamiento y nuestra sociedad son o deben ser reflejo de lo que ocurre en la naturaleza. El primer grupo es partidario de condicionar nuestros valores a ella, mientras que el segundo grupo está dispuesto a cambiar la historia misma de la vida si es necesario.




