Un recurso comúnmente utilizado por los apóstoles de las pseudociencias consiste en el victimismo, a veces paranoico, de que sus voces son silenciadas y los estamentos “oficiales” ignoran sus aplastantes pruebas.
Es conocida la leyenda urbana, dispersada por todo ufólogo que se precie, de que todos los gobiernos ocultan las pruebas y silencian -cuando no asesinan- a los testigos de contactos extraterrestres. Es decir, un gobierno no puede mantener en secreto un mangoneo de poca monta, pero puede ocultar la aparición de un ovni ante 10.000 personas sin dejar rastro alguno.
Los creacionistas, como típicos pseudocientíficos, también utilizan a menudo este argumento, aduciendo que la “ciencia oficial” se niega a dar voz, a publicar ni a citar nada que vaya contra su “pensamiento único”. Aparte de que lleve años preguntándome que narices es la “ciencia oficial” y cual es su “pensamiento único” (que me gustaría conocer, quizá fuera así más sencillo que te dieran una plaza o un proyecto), cabría preguntarse como piensan estos señores que funciona un comité editorial de una revista científica o un comité de selección de un congreso.
En primer lugar, cualquier persona que participe como evaluador en una revista científica, haya formado parte de un comité editorial o haya participado en la organización de un congreso, sabe como funcionan las cosas. Un trabajo puede ser remitido a una revista científica por cualquier persona, no es requisito ni poseer un título ni siquiera pertenecer a un centro de investigación oficial. La mesa editorial o, en la mayor parte de los casos el propio editor, envía el manuscrito a un par de evaluadores externos (que no forman parte del staff de la publicación) y que son especialistas en el campo de investigación al que pertenece el trabajo. Únicamente las revistas más punteras, dado el elevadísimo volumen de solicitudes para publicación que reciben, pasan un filtro previo de una mesa editorial propia, que evalúa si el trabajo presenta la calidad o impacto suficientes, y solo en caso afirmativo se remite a los evaluadores externos. El informe de estos evaluadores, que puede ser positivo (aconsejando o no modificaciones) o negativo (aconsejando la no publicación por defectos graves) es el que determina si el trabajo es publicado o no. Todo el proceso es documentado y archivado, de manera que en cualquier momento puede solicitarse la justificación de la publicación o no publicación de un trabajo dado.
Por lo tanto, nada limita la posibilidad de publicar en una revista científica, salvo la calidad del trabajo, considerada por pares de evaluadores externos. No quiero decir con esto que sea fácil publicar cualquier cosa. Evidentemente, debe tratarse de trabajos con bases sólidas, buen método y conclusiones correctas; lo que digo es que cualquier persona tiene la posibilidad de publicar un trabajo serio.
De igual forma, en la Universidad española existe lo que se denomina libertad de cátedra. Un profesor no está obligado a seguir una corriente científica determinada o apoyar ninguna teoría frente a otra en sus clases. El mismo determina la orientación de las mismas, siguiendo el programa de contenidos de la asignatura. De hecho, hay profesores que realizan serias críticas a la selección natural como motor evolutivo, al cambio climático global o a los orígenes del HIV en cursos de licenciatura oficiales.
Esto ha llevado, lógicamente, a que en algunas ocasiones se “cuelen” fraudes paracientíficos lo suficientemente bien disfrazados (recordemos el famoso caso de la memoria del agua en Nature). No pasa nada, el propio proceso de trabajo científico se encarga de desenmascararlos e ignorarlos con el tiempo.
Lo que sí es cierto es que a una propuesta o a un resultado innovador le cuesta mucho trabajo ser aceptado de forma generalizada una vez publicado o difundido. Sin embargo eso no es malo, al contrario. Una teoría revolucionaria debe defenderse atacarse con todo el armamento posible, precisamente para probar su coherencia y capacidad para resistir las pruebas. En ciencia, este es el proceso normal, atacar fuertemente todo nuevo resultado, toda nueva conclusión, para comprobar su firmeza (ver artículo “Hechos, teorías e hipótesis” en este mismo blog). Una prueba de que esto es lo habitual la encontramos en la presentación de una tesis doctoral para obtener el grado de doctor: al acto de presentación ante el tribunal se le denomina “Exposición y defensa”, porque tras resumirla, el doctorando debe resisitir el vapuleo que le propina en tribunal intentando encontrar los puntos débiles del trabajo.
Por todo ello, un científico no solo está acostumbrado a investigar, sino también a que le critiquen su trabajo, a que pregunten, ataquen y traten de derribar sus tesis. Ningún investigador espera aplausos y parabienes cuando intenta realizar una nueva publicación. A lo que te preparas tras una enviar tus resultados para su difusión no son a una fiesta de celebración, sino a una batalla implacable.
Esto se traduce a todos los medios, incluyendo internet. Con las tecnologías actuales, difícil resulta ver un blog o una página sobre temas científicos que no ofrezca la posibilidad de debatir los temas que se publican, porque lo que el científico busca, además de la propia investigación, es la futura discusión de los resultados.
Visto desde fuera, a veces esta forma de trabajo se malinterpreta como una discusión permanente en la que nadie se pone de acuerdo. También suele ser utilizado por los apóstoles pseudocientíficos en argumentos como “no se ponen de acuerdo ni ellos, cada uno solo defiende sus intereses“. Como hemos resumido, no es así en absoluto. Las tesis se van afianzando cuanto mejor se defienden de los ataques. Para aceptar una nueva propuesta no basta con que sea elegante y coherente, además tiene que ser capaz de resisitir todas las evidencias que se puedan presentar en su contra.
Eso hace de los científicos tipos peleones, críticos, que no se callan ni debajo del agua. Cuando publicas algo y nadie hace una crítica, solo estás seguro de una cosa: no te ha leido nadie.
Sin embargo, nuestros paranoicos pseudocientíficos, los que afirman ser perseguidos y silenciados suelen utilizar otros métodos muy distintos. Ellos no quieren discusión, sino que sus aberrantes y fantásticas tesis no sean puestas en ridículo. Ante cualquier crítica, acusarán de intento de censura, de no querer dejar oír sus voces, de intentar aplastar lo que se aparta del imaginario “pensamiento oficial único“. No aceptan las discrepancias, no les gustan, y siempre las etiquetan como intentos de ocultar la verdad, su verdad, por supuesto.
Y a las pruebas me remito: la recién estrenada revista creacionista “ARJ, Revista de Investigación de Respuestas” rechaza, según su editor, los trabajos que “entren en conflicto con los intereses la entidad, a la que se protegerá de toda controversia innecesaria” (no existe ninguna revista científica que tenga una norma ni remótamente similar). Las webs de Respuestas en el Génesis, de la Academia de Investigaciones Creacionistas o su patrón, Answers in Genesis, no admiten comentarios a los artículos ofrecidos. En las webs de a pie ocurre lo mismo: o no se admiten comentarios, o éstos son “moderados”, es decir, filtrados. En las últimas dos semanas, mis post han sido borrados y se me ha impedido escribir, o en el caso más suave invitado a no volver, en tres blogs creacionistas.
¿Quién es el que no deja hablar? ¿Quién es el que teme las críticas? ¿A quien le molesta que se ataquen sus tesis?. Evidentemente a quien no está acostumbrado a ser criticado, a quien no quiere alcanzar la verdad, sino solamente inculcar su forma de pensar. Esta gente es la que realmente pretende la implantación de un “pensamiento único”, sin crítica ni discusión posible. Ellos son los apóstoles del Gran Hermano.




Estupendo resumen de cómo funciona la divulgación de resultados en Ciencia. Y esa es la forma de avanzar: mantener el espíritu crítico y no dejar pasar una.
Y para entrar en este terreno, los fundamentalistas se han inventado la “Ciencia de la creación”, olvidando que se les va a medir con el mismo rasero con el que criticamos a un colega. Y por ahí no pasan, están tan acostumbrados a imponer su “verdad” que la crítica les sabe a herejía. De ahí que monten una pseudociencia paralela con componentes de lobby.
Un saludo
J.M., gracias por los comentarios en mi blog y enhorabuena por tu nuevo blog (veo que llevas apenas unos mesecitos con él). Es de lo más interesante y siempre es bienvenido un nuevo blog a la comunidad científica (bien, ya te habrás dado cuenta de la cantidad de blogs sobre pseudociencia pululando por ahí fuera).
A mí también me asombra esos patrones que se repiten entre pseudociencias que parecen a priori tan alejadas, como la existencia de OVNIs y la homeopatía, pero es evidente que los argumentos se repiten. Voy a escribir algún artículo más en mi serie y si no te importa te voy a “robar” alguno de los comentarios que has hecho en tu blog.
Suerte!
Por supuesto Kabish, todo tuyo
Lo felicito por tan excelente artículo. Aunque soy cristiano, me molesta la forma en que las pseudociencias intentan ocultar la realidad; siempre con una lógica defectuosa, en el mejor de los casos, o en ausencia total de ella.
Apenas acabo de descubrir su blog y ya deseo explorarlo lo más posible y aprender de él. Debo aclarar que no soy científico, aún soy estudiante, pero amo la ciencia y la filosofía de la ciencia.
Saludos
Hola Daniel,
Bienvenido al blog, me alegro de que te parezca interesante, tus contribuciones serán agradecidas!
Un cordial saludo.
[...] Ofreciendo mis disculpas anticipadas a J. M. Hernández por las molestias, continúo el muy acertado artículo que publicó en su página sobre la libertad de expresión en ámbitos científicos y cómo esto es [...]